Si las paredes hablaran en Tlatelolco

La Plaza de las Tres Culturas y los muros del Chihuahua, mudos testigos de una historia que no debe volver a pasar

Por: Miguel Ángel Marín


Tantas historias y sentimientos tatuados en cada ladrillo de la unidad Nonoalco Tlatelolco; locas las paredes de tantas anécdotas que han visto los muros, gritando y llorando sangre en sus escaleras y pisos, en sus últimos momentos de lucidez.

Historias como la del señor Eduardo Rangel, quien a sus 14 años protegió a muchos estudiantes, quienes como estampida y llenos de terror derribaron la reja del edificio que no opuso la mínima resistencia, y que -gracias a aquel entonces joven- pudieron entrar en su departamento; incómodos, pero orgullosos los muros por albergar al menos cinco docenas de personas en sus apenas 80 metros cuadrados.

Fueron testigos de cómo su dueño, el padre de Rangel sacó de dos en dos a los jóvenes reconociéndolos como sus hijos ante los escuadrones, que como águilas vigilaban para no dejar cabos sueltos y aprehenderlos o sepa el Estado qué otras cosas.

Si las paredes hablaran, serían la envidia de los historiadores, con sus miles de anécdotas como las del -entonces- adolescente Jesús Martín del Campo, quien con esa gran energía e irreverencia juvenil que lo caracterizaba, apoyó el movimiento estudiantil de 1968 y acudió a cada uno de los mítines, hasta que en la fatídica tarde del 2 de octubre fue golpeado, torturado y humillado ante los impotentes muros que ardían de rabia ante tal autoritarismo y bestialidad hacia los derechos humanos por el delito de exigir un pliego petitorio, que en nada atentaba contra la estabilidad del Estado.

Gritos de jóvenes, adultos y niños, sollozos de agonía y miedo han quedado grabados en la Plaza de las Tres Culturas; en la que aún se escuchan los lamentos de esas madres que con miedo salían a buscar a sus hijos después de no tener noticias de ellos, que en el mejor de los casos estaban en camino al Palacio Negro de Lecumberri, si no es que para el Campo Militar No. 1 ó a alguna casa de seguridad clandestina, donde muchos de ellos posteriormente fueron desaparecidos.

De aquella gesta juvenil de la cual es partera esa generación, no se tuvo desde un inicio el conocimiento y la magnitud que representaría este evento, a tal grado que hasta la fecha ha trascendido fronteras como un parteaguas de la historia de México, hay un antes y un después del movimiento del 68.

A 51 años la añoranza no puede ser ya permitida, se debe tener un pensamiento radical y ver si sirvieron o no los levantamientos contra el poder absoluto del Estado; tener un criterio y ver que -gracias a las decisiones de unos jóvenes con ideas muy claras- gozamos de derechos que sólo los ingenuos soñarían.

A 51 años se dio un gran paso en la autonomía universitaria y en la mentalidad colectiva, con infinidad de obstáculos aún para poder lograr el único fin de tener una paz y libertad absoluta, los mexicanos ya con una desesperación total gritan: ¡Ya basta, ya no más represiones, no más ser un muro estático sin expresiones y apático, las paredes somos nosotros, siempre en todos lados! Pero en muchos casos sin levantar la voz cuando vemos que nuestros compañeros están siendo callados y lastimados. ¡Levanta la voz, defiende tus derechos y lucha por los derechos del oprimido, porque tu voz tiene más poder del que piensas! Imagínate si las paredes hablaran.


A sus catorce años, Eduardo Rangel fue testigo de la masacre estudiantil en el 68.


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